Un bosque. Está atardeciendo. El suelo está lleno de hojas secas, doradas por los últimos rayos del sol. Hace días que sólo se escucha el silencio.
Los restos de los árboles ceden bajo las herraduras desgastadas partiéndose en mil pedazos. El corcel se acerca al espectador, veloz pero a cámara lenta, majestuoso, como salido de un anuncio de champú. El típico anuncio de champú protagonizado por caballos. Quién no ha visto uno alguna vez.
La grandeza del animal únicamente es eclipsada por la de quienes cabalgan sobre su lomo.
Delante un caballero. El caballero. Moreno. Pelo corto. Barba de un par de días para alguien que ha perdido la noción del tiempo. Ceño fruncido. Media sonrisa. Gesto de satisfacción, de hemos ganado, de te dije que volvería a por ti, nena. Nena. La princesa. La más hermosa que jamás haya existido. Aquella que hace que las estrellas se avergüencen por las noches y brillen un poco menos, sin ganas, solo porque lo pone en el contrato. Viste fatal, todo hay que decirlo, pero ha estado muchos años encerrada en una torre, peinándose y hablando con pájaros. Uno nunca debería permitir que un pájaro le aconsejara sobre qué ropa ponerse. Aún así es bella. Mucho. Perfecta. El caballero lo sabe. Lo siente a través de esos dedos que rodean su cintura. Lo supo nada más ver sus ojos la primera vez.
Cabalgó a través de desiertos, mares y montañas, derribando tantos muros como enemigos. Todo porque en aquella primera noche lo supo. En cuestión de segundos. Supo que era ella.
El caballero suelta por un momento las riendas para colocar sus manos sobre las de su princesa.
Lo hemos conseguido.
Switchfoot – Love alone is worth the fight
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