No recuerdo nada de cuando tenía un año. Ni de cuando tenía dos. Ni tres. Absolutamente nada.
Dicen que es normal, que es imposible acceder a según qué bloques de información.
Yo creo que es todo mentira.
A lo mejor no recuerdo nada de mis primeros años de vida porque sencillamente no existieron. Decidme si no qué sentido tiene poder recordar a partir de cierto punto y no de unas horas antes. ¿En base a qué se marca ese instante desde el cual la información pasa a ser conocida? ¿Por qué un minuto atrás no y luego sí?
Hay quien dirá que mi teoría tiene fallos graves, como la existencia de fotos mías de la época oscura… como si aquí no supiéramos todos lo que es el Photoshop.
Cabe la posibilidad de que no todos vengamos del mismo sitio: puede que no a todos nos trajera la cigüeña de París.
Quizá a a mí me ensamblaron en Taiwan y me enviaron a la isla dentro de una caja con el kit del engaño completo: imágenes trucadas de mis primeros años y pegatinas de mi yo diminuto para que mis padres pudieran colarme en las fotos de familia como si hubiera participado en todas esas escenas. O a lo mejor en mi caja unos suecos metieron ordenadas todas mis piezas, un manual de instrucciones y una pieza de sobra para despistar. O puede incluso que saliera de un huevo de cáscara negra con vetas rojas que brillaba en la oscuridad.
No digo que esto tenga sentido, pero no me acuerdo, así que podría haber pasado cualquier cosa.
A veces la gente miente, hasta la que pensamos que jamás lo haría.
Y como decía una amiga sin que le faltara razón: si no me acuerdo no es real.
James Morrison – Once when I was little
There was a time when I trusted everyone.
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