Un día sales a tu jardín o te asomas a ver las macetas que tienes en el balcón o cualquier otro gesto que acabe contigo mirando la tierra donde crecen tus plantas, porque tienes plantas, ¿no? Las plantas son vida, hacen del mundo un lugar mejor y si me dices que no tienes ya no te ajunto y nunca más escribiré para ti.
Ese día, mientras miras tu montón de tierra, descubres un tallo que desconoces: ni lo has puesto ahí ni has plantado una semilla de la que haya podido germinar. ¿Qué ha pasado entonces? No importa: es una vida, es bonita y además es un misterio. Es como un Kinder Sorpresa pero en verde. Y no engorda. Y es un regalo.
Quien siembra vientos recoges tempestades.
Juro solemnemente que jamás, y digo jamás, he sembrado en mi jardinera un viento. ¿A qué tanta tempestad?
Debió ocurrir como con esos tallos que comentaba al principio: se enterraron entre mis plantas vientos furtivos, los plantó alguien a mala idea o quizá los trajo el viento, lo cual crea en mi mente un bucle que es como un tornado y turba mi sosiego. ¿Pero sabéis qué? No me importa. Habíamos quedado en que todo esto era un regalo. ¿Por qué no iban a serlo también las tempestades?
Se me ocurren mil cosas que hacer con tanto viento.
B. J. Thomas – Raindrops keep falling on my head
The blues they send to meet me won’t defeat me.
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