Es posible que esto resulte deprimente hasta el extremo, pero estoy sentado detrás del volante de un coche parado en el aparcamiento de un centro comercial, escuchando música de ascensores mientras contemplo cómo infinidad de parejas desfilan ante mis ojos, felices, enamorados, llenos de primavera. Sería sorprendente que pintado en este cuadro fuera capaz de escribir algo animado. Sin embargo no es eso lo triste, no el cuadro en sí; ni siquiera lo es el hecho de que te esté esperando. Lo que es en verdad deprimente es que no vas a venir.
Hay algo que nunca he tenido claro, una pregunta de esas para las que uno no encuentra respuesta. Me pregunto a menudo si quien compone música de ascensores lo hace sabiendo que también la ponen en aparcamientos; aunque hay algo que me pregunto aún más, y es quién coño compone música de ascensores. ¿Es eso un trabajo?
Si lo es, seas quien seas, lo estás haciendo mal.
La música de ascensores es todo el rato lo mismo: no se sabe cuándo acaba una canción y cuándo empieza la siguiente. Supongo que quizá es que no hay cortes, que es todo un único tema. Una canción para gobernarlos a todos.
La eternidad es el hilo musical de un ascensor.
Algunas de esas parejas que pasan frente a mi parabrisas me miran. Percibo cierta incomodidad en sus ojos, que de inmediato miran con urgencia hacia otra parte, pero vuelven, y vuelven como con pena. Pobrecito, está solo, y no va a venir.
Está claro que ellos no saben que no vas a venir, pero es lo que tiene la música de ascensores, que se le mete a uno en la cabeza y lo vuelve tarumba.
Y joder, además tienen razón: no vas a venir.
Desde que te fuiste hago esto a veces, venir a sitios en los que vivimos algo, sitios en los que estuvimos juntos y a los que en algún momento, drogados de primavera como todos esos que me miran compasivos, decidimos empezar a llamar nuestros.
Es nuestro sitio es la estupidez más grande que ha podido decir alguien jamás.
Los sitios son de todos, pero sobre todo esos, los especiales; los especiales son más de todos aún. Te das cuenta cuando vas a uno que ha dejado de ser vuestro, que vienen a ser todos porque ya no hay un vosotros.
El amor es muy bonito, y con esto de los lugares es como jugar al Risk. Si ese cine es vuestro cine vosotros tenéis ahí vuestras tropas de hacer especial, que son soldados de vuestro color igualitos a los normales pero que solo disparan besos. Y ese territorio es vuestro.
Todas nuestras tropas de hacer especial se fueron contigo. Todas.
No sé, algo me olía, pero quizá esperaba que alguna se fuera a quedar a mi lado, el típico soldado que no se entera al menos. Guardo la caja del Risk por guardar, porque para tener solo el tablero lo podría tener suelto que no ocupa tanto, aunque mira, así la casa está menos vacía.
Cuando pierdes un territorio especial y vuelves a él te das cuenta de que ni por asomo estaban vuestros muñequitos solos, que aquello es de tanta gente que no puede considerarse de nadie. Multitud de soldados de hacer especial de más colores que sabores de helado existen se amontonan unos sobre otros en una estampa que no tiene nada que envidiarle al vómito de un unicornio. Al verlo así uno se alegra de que sus soldados estén en otra parte, aunque sea hacinados en tu caja.
Desde que te fuiste hago esto a veces, venir a sitios donde una vez solo estuvimos nosotros y ahora no dejan de vomitar los unicornios. Me siento y te espero aunque no vayas a venir, pues es la espera la que pone en marcha la maquinaria.
Tontxu – Risk
Qué aburrida esta tarde tan gris, no apetece salir, llueve ahí fuera.
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