Soy un romántico de esos de los de antes, un eterno aspirante a Bécquer, una de esas personas capaces de hacer cualquier estupidez por amor. Cualquiera.
Hoy, en esta preciosa noche otoñal de junio, me habría pasado horas paseando bajo la lluvia, empapándome el alma, pensando en ti que ni siquiera existes. Todavía. Porque los románticos hacemos ese tipo de tonterías, nos regodeamos en ellas, presumimos de estupidez; como si fuera algo de lo que no puede disfrutar el resto de los mortales, la gente normal; como si fuera algo que nos hace únicos, como si ser tontos nos hiciera especiales… cuando la verdad es que todo el mundo, con un poco de esfuerzo, puede ser idiota como el que más.
Ser romántico está sobrevalorado (principalmente por los que decimos serlo).
I seguia amb la nota ridícula arrugada entre les mans, plena de crits en el buit, de desigs violents, de tempestes que enterren vaixells dins el mar.
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