Cuando una puerta se cierra se abre una ventana.
¿Qué somos, animales? O peor aún, ¿adolescentes?
Ya tenemos una edad, al menos yo, al menos por fuera, y que se abra una ventana como mucho nos da frío. Por las ventanas se mira o se escupe o se tiran cosas, pero ni se entra ni se sale, salvo que seas, como ya he dicho, una paloma despistada o Joey Potter.
Si se cierra una puerta se cierra, pero ¿sabes qué puedes hacer si tanto te interesa lo que hay al otro lado? No, llorar no, pero acaba igual: ¡llamar! Que es muy fácil quedarse mirándola y lamentarse y oh-se-ha-cerrado-la-puerta-qué-va-a-ser-de-mí-ahora, pero lo único que te va a hacer avanzar es actuar.
Siempre lo he dicho: los verbos de la primera conjugación son la clave.
Y si no tienes claro si quieres entrar o no, no llames.
Y si no contesta nadie a lo mejor no hay nadie en casa, o han muerto todos, o te han visto por la mirilla y no te quieren abrir. Sea como sea, no llames más; y date la vuelta, que probablemente estés en un pasillo infinito lleno de puertas… cerradas, sí, pero los nudillos se hicieron para algo, y ese algo no es desatarlos.
Maldita Nerea – Mira dentro
Y que el mundo nos recuerde por soñar despiertos.
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