No tengo una olla exprés, ni sabría usarla, ni quiero. No quiero una olla exprés porque para mí si no se cocina despacio no se le puede llamar cocinar; que la comida, como la vida, hay que prepararla con cariño.
Seleccionar los ingredientes no es tarea fácil, y no se puede hacer a la ligera. No vale cualquier especia, ni vale cualquier verdura, ni vale cualquier persona. El sabor de un momento depende de la compañía, y no es que en tu vida vayas a comerte un solo plato, pero tampoco le veo sentido a pasarte años a base de Big Macs.
Tomarte tu tiempo no es malo: vale más pasar un poco de hambre que comerte cualquier cosa, que luego llegan los remordimientos, los dramas y las dietas. Siempre digo que si no estás seguro de algo no deberías llevártelo a la boca. Es la primera vez que lo digo.
Si la cocina es el corazón de un hogar (nótese que digo hogar y no casa) no es precisamente por ser el lugar donde habita la olla exprés (muerte a la olla exprés), sino porque es allí donde se cocina la vida, al compás de buena música, con una copa de vino en mano y, sobre todo, a fuego lento.
Rosana – A fuego lento
Vamos tramando este alboroto con la danza de los mares y el sabor del poco a poco.
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