Si me pongo recto, la parte superior de mi cabeza está a algo más de ciento ochenta centímetros de la planta de mis pies. Sin embargo, si la altura fuera un sentimiento, hoy mido, a lo sumo, metro cincuenta. Me siento pequeño; no insignificante ni poco valioso, sino pequeño a un nivel físico. A lo mejor es algo normal, pero a mí es la primera vez que me pasa y, como todo lo que me pasa por primera vez, me inquieta.
Siento que si ahora estuviera en un concierto no vería nada, que si fuera a la cocina no sería capaz de coger los vasos que guardo en el último estante, que si me cayera al suelo me haría menos daño que de costumbre, porque al empezar a tropezar ya estaría más cerca de la horizontal.
Siento que, de repente, soy un dieciséis por ciento menos yo, y eso en un mundo donde nos repiten continuamente que lo que hay que hacer es sumar no puede ser bueno.
¿Que por qué me siento así? Porque necesito un abrazo.
No parece muy lógico, pero es la única conclusión a la que he podido llegar después de darle vueltas todo el día.
Un abrazo comprime y no al revés, pero ¿no cae una pelota justo antes de rebotar hacia el cielo?
Quizá no tenga sentido, pero a mí me abrazas y cuanto más fuerte más crezco.
He perdido algo más de treinta centímetros. No sé cuántos abrazos harán falta para devolverme mi tamaño original, pero si me quieres ayudar a averiguarlo yo me dejo.
Weezer – Hold me
Why don’t you come home to me?
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