– Dame un pósit.
Se lo di.
– Déjame un boli.
Se lo dejé.
Fui a dejar la chaqueta, y al volver, de improviso, su mano describió un arco directo a mi corazón, donde pegó como por arte de magia el cuadrado de papel amarillo. Os juro que fue así, que de algún modo que no alcanzo a comprender atravesó mi pecho y colocó aquel pósit en el que había escrito su nombre sobre la superficie de mi corazón.
Los pósits en el corazón son igual que los restos de comida en la barba: si no los ves o los tocas enseguida olvidas que están ahí.
Normalmente los corazones no se ven, al menos mientras estás vivo, y rara vez se tocan, por lo que uno podría pensar que la historia debería acabar aquí… pero no.
Los corazones se contraen y se dilatan, sístole y diástole lo llaman. Cuando algo que tiene un apéndice se mueve, este lo hace también.
Lo percibí al inicio como algo agradable, una especie de caricia: el corazón latía, recordaba la nota, preguntaba: «¿dónde está?», respondía yo: «está aquí», y sonreía. Sonreía él, porque los corazones también sonríen. Sonreía yo, pues es imposible no hacerlo cuando te estalla el pecho en carcajadas.
Cada latido se trasladaba a mi rostro.
Habiendo avisado desde un principio, pero aun así de repente, se fue, lo cual tornó esa caricia periódica en una secuencia infinita de pinchazos: el corazón latía, recordaba la nota, preguntaba: «¿dónde está?», respondía yo: «se ha ido», y dolía. Cada latido dolía.
Cada latido duele.
Como ya he dicho, desconozco cuál es la magia que empleó para colocarlo ahí, así que soy incapaz de quitarlo; aunque lo pienso bien y no quiero: ese trozo de papel, que debe haber mudado de amarillo a rosa, aún conserva su nombre, y no se me ocurre mejor sitio donde llevarlo.
Quizá deba probar algo diferente.
El corazón late.
Recuerda la nota.
Pregunta: «¿dónde está?»
Respondo:
The Gaslight Anthem – Dark places
If I thought it would help I would carve your name into my heart..
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