No sé en el resto del mundo, pero en Barcelona los pasos de cebra ya no son como los de antes: ahora hay dos líneas discontinuas de cuadrados blancos en ambos extremos y nada más. Nada más. No hay rayas.
A lo mejor no me he enterado y lo que han cambiado son las cebras.
El caso es que cuando cruzo la calle siempre miro a los conductores que esperan que se encienda la luz verde de su semáforo. Quizá sea una tontería, pero es costumbre; y no es una tontería, porque el otro día cruzaba con la mirada hacia el frente, me di cuenta en lo que vendría a ser la segunda raya blanca desde la acera de origen, giré la cabeza hacia la izquierda y te vi.
Te vi, me estabas mirando y volví enseguida la cabeza hacia delante.
Tiene gracia que cuando queremos ver a alguien esquivemos su mirada, mientras que cuando no hay interés no nos cuesta nada mantenerla.
Pisé la tercera línea blanca que no estaba ahí, volví a mirar, seguías mirándome y giré de nuevo la cabeza. Era como si tuviera un muelle, que se estiraba al mirar hacia ti y al verte me obligaba inmediatamente a volver a la posición de reposo.
Volví a hacerlo una tercera vez, a una línea invisible de la acera de destino, y ahí seguías.
Resistiendo la tracción del muelle tuvo lugar una conversación de esas que se tienen con gestos en las que en realidad no entiendes lo que quiere decir el otro, sino lo que te gustaría que estuviera queriendo decir. Me dijiste que diera la vuelta, que corriera, que me abrías la puerta de tu autobús si quería.
Y quise.
A zancada por parpadeo del señor verde del semáforo deshice corriendo el camino andado, mientras tú accionabas el botón de apertura de puertas, sonriendo y sin quitarme ojo. Subí, respirando con dificultad, temblando y no por la carrera. Me di cuenta entonces de que no llevaba ni dinero ni billete. Te lo dije, y volví a hablarte con gestos, que puede costar creerlo pero yo soy de hablar en silencio.
Vuelve a sonreír y te llevo donde quieras.
Creed – Higher
Can you take me higher?
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