A nadie le gustan las cabezas huecas, pero no siempre hace falta pensar. A veces basta con dejarse llevar, con cerrar los ojos y permitir que las ideas fluyan. Se puede hacer incluso con los ojos abiertos, ¿por qué no? Sobre todo si esos ojos de los que hablamos son los tuyos. Tú no fluyas con los ojos cerrados, nunca, que cada vez que parpadeas se apaga el mundo.
No pensaba escribir sobre ti, hoy no, pero hablamos de fluir, ¿no? Me dejo ir y sales.
¿Qué hay más espontáneo que los sueños? Pocas cosas se me ocurren. ¿Y sabes qué me pasa últimamente? Que me despierto enfadado, con esa rabia de haber dejado atrás algo grande y no poder recuperarlo. No voy a decirte qué es ese algo, pero eres tú.
Es curioso, porque siempre te he soñado, pero de mucho en mucho, qué sé yo, una vez en enero, tres en marzo, otra en junio. De un tiempo a esta parte (siempre he querido escribir esta expresión), sin embargo, te sueño mucho: prácticamente cada noche. Asusta, porque no sé qué significa, porque nunca te llego a ver pero me siento como me haces sentir y para qué quiero caras si nunca es un rostro lo que te hace alzar el vuelo.
Lo peor de todo, no obstante, es que con tanta repetición diría que estoy empezando a perder el miedo, que abrir los ojos cada vez me angustia menos porque sé que en unas horas volverás… aunque lo normal es soñarte de mucho en mucho, qué sé yo, una vez en enero, tres en marzo, otra en junio.
Jorge Drexler – Don de fluir
Y parece tan fácil como dejar el corazón latir.
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