Esta no es manera de vivir, pensó, que no puedo aferrarme a un paraguas como si fuera tu brazo.
La cogió una última vez de la mano y recorrió a su lado el pasillo, dejando que los mojara la lluvia que en su cabeza no dejaba de caer. En pie ante la puerta que daba fin al corredor le pidió perdón, le prometió que ella siempre estaría con él pero no así, no en un eterno día gris. Ya ha llovido demasiado, y yo qué sé, a lo mejor hay algo detrás de tanta nube.
El polvo que moraba ahí dentro le hizo toser dos veces tras abrir despacio la puerta. Aquella habitación era el cajón donde uno va dejando los bolígrafos que casi no pintan, las pilas medio gastadas y los trozos de goma de borrar que resultan de su mitosis, pero a gran a escala. Era la típica estancia que nunca está bien iluminada, que tiene trapos colgando del manillar de una bici estática y libros amontonados sobre su sillín.
Sin permitir que sus pies cruzaran el marco de la puerta, acompañó adentro el paraguas con sus manos, respirando hondo, como se respira al prepararse para un momento especialmente complicado. No te enfades, ¿vale?
Entornó inconscientemente los ojos, apretó la mano izquierda contra la madera curvada y deslizó los dedos índice y pulgar de su mano derecha desde la parte superior del mango hasta la punta del bastón, sintiendo cómo el aire que exhalaba arrastraba el objeto hacia la penumbra, cuando en realidad lo hacían sus manos.
Miró un instante y lo vio suspendido en el aire, y llovía, y ella temblaba debajo buscando un brazo que ya no estaba allí.
Cerró la puerta antes de verlo caer, cosa que le impidió distinguir qué había caído con él, pues pudo oír como algo lo hacía.
Apretó su espalda contra el barniz gastado que sellaba aquel trastero como si quisiera impedir que algo o alguien la abriera desde el otro lado. Quiso apoyar allí todo su peso pero se sentía incapaz, extrañamente liviano.
En contra de lo que esperaba, la puerta no tembló ni una vez, así que se apartó de ella.
Recorriendo el pasillo de vuelta hacia el salón, esta vez solo, escuchó enmudecer el rumor de unas gotas de lluvia que, por primera vez en mucho tiempo, caían en un suelo distinto al que pisaban sus zapatos.
El Puchero del Hortelano – Cuando se cierra la puerta
Cuando se cierra la puerta se abre el balcón que da a la calle.
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