Podría haberla escrito mil veces, pero eso no me habría ayudado en absoluto a entenderla mejor. Es lo que tienen las palabras, que no se comprenden por repetición, que aquello de copiar cien veces en una libreta en realidad no aportaba nada.
Ah, sí, disculpad, la palabra: equilibrio.
¿Qué es el equilibrio? Me lo había preguntado muchas veces… o más bien no.
Si te soy del todo sincero, que aquí se trata de eso, lo que me inquietaba era por qué no lo estaba alcanzando, por qué mi vida no estaba en, y digo que copiar no sirve de nada pero ahí va otra vez, equilibrio.
Ves el problema, ¿no? Como la mayoría de las veces era la pregunta, el querer llegar a un sitio que desconocía.
Es como si te indican el camino a Valencia pero no sabes cómo reconocerla una vez allí, sigues caminando y te la pasas.
Reconozco que el ejemplo es pésimo, porque hay carteles, hoy en día todos tenemos móviles inteligentes, el GPS es una maravilla y a malas hasta podrías preguntarle a alguien, así como último recurso, no sea que interactuemos con otro ser humano cara a cara a lo loco y nos pase algo.
Lo que sucede con el equilibrio es que no tiene un letrero que lo anuncie, que no sale en Google Maps y que nadie podría decirte dónde está en caso de que optaras por la salvajada esa antinatural de hablar con otra persona.
¿Cómo llego entonces? Ese soy yo otra vez, no entendiendo nada.
¿No hemos dicho que el quid de la cuestión es conocer la meta antes de trazar la ruta?
Sí, sí, perdona. Entonces… ¿qué es el equilibrio?
¡Premio! Ahí quería yo llegar. Y no tenía ni idea.
Como hago siempre que no sé qué es algo, lo busqué en la RAE. Encontré seis acepciones, de las cuales decidí quedarme con la primera, que para ahorrarte la búsqueda cito a continuación:
1. m. Estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.
Me gustó por varios motivos, concretamente dos.
El primero fue lo de estado de un cuerpo. Yo tengo un cuerpo, pensé. Me sentí identificado al instante. En la segunda acepción también se hablaba de un cuerpo, pero aquella carecía del segundo motivo por el que elegí la primera: la destrucción. Aun a riesgo de que pueda utilizarse esta entrada contra mí en un hipotético juicio, encuentro un extraño placer en todas aquellas cosas que se reducen a cenizas. Imagínate mi emoción cuando descubrí que la lucha de la que hablábamos tenía lugar entre fuerzas encontradas que obraban en mi propio cuerpo. Apoteósico.
Una vez supe o creí saber qué era el equilibrio vino la siguiente pregunta, como en el circo, el más difícil todavía, pues la respuesta a aquella no iba a encontrarla en el diccionario. La pregunta no es un misterio precisamente: es la del principio; que no estaba mal en sí misma, sino que se había adelantado. El orden de los factores a veces altera el producto. Va a resultar al final que el colegio era todo mentira. Que me devuelvan el dinero.
No fue fácil hallar el camino, pero hoy miro a mi alrededor y no sé, casi que te diría que sí, que estoy en equilibrio. Me siento cómodo con lo que soy, con mi manera de relacionarme con los demás y con el mundo, con la vida en general.
Estarás pensando que me he saltado la parte del cómo (o no, pero como escribo yo quiero suponer que lo haces). Es cierto a medias, porque sí hubo un cómo, pero ya hemos quedado que el equilibrio es algo del propio cuerpo. Hasta donde yo sé, mi cuerpo y el tuyo son diferentes, por lo que no tendría mucho sentido que te explicara mi viaje. Además, a nadie, insisto: nadie, le gusta ver las dos mil fotos de tus vacaciones.
Xavier Rudd – Comfortable in my skin
No suffering at all.
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