– Pero tú no eres una persona nerviosa – me dice.
– Sí que lo soy – replico, casi como si su afirmación me hubiera ofendido.
– Me cuesta creerlo.
Entonces pienso.
Sé que no es lo más recomendable, que lo suyo sería pensar antes de hablar, a ser posible siempre, pero no es mi manera de funcionar. Es como si tuviera un listado de información básica pregrabada y cuando la conversación versa sobre alguno de los temas incluidos en este no sintiera la necesidad de reflexionar ni un segundo acerca de mis respuestas. No os voy a engañar: en ocasiones resulta verdaderamente cómodo.
Con todas esas (muchas) personas cuya originalidad tiende a cero, este sistema me permite mantener conversaciones (vacías) enteras sin el más mínimo desgaste mental. Cuando eres de esos que pensamos demasiado toda reducción de carga se agradece.
El problema llegan cuando enfrente no tengo a una de esas personas. Al principio, a veces, no soy consciente, y voy con el piloto automático hasta que algo hace saltar las alarmas.
Me cuesta creer que seas una persona nerviosa.
¿Por qué? Es decir, lo pone aquí, punto 43 de la lista: Z es nervioso por naturaleza; aunque… ¿y si la lista no fuera del todo cierta? El papel está amarillento, desgastado en los bordes… ¿hace cuánto que está esta lista aquí? Es más, ni siquiera recuerdo haberla escrito. ¿Quién lo hizo? ¿Y con qué datos?
A lo mejor la lista es una soberana estupidez, como lo son las etiquetas, las clases y cualquier tipo de ordenación.
Las personas cambiamos, crecemos e incluso evolucionamos.
Si la lista es estática… ¿para qué sirve aparte de para nada?
Nos quejamos siempre de aquellos que se empeñan en encasillar a otros, pero pocas veces nos damos cuenta de que a menudo somos nosotros mismos los primeros en encadenarnos a palabras que no dicen nada.
Vance Joy – Who am I
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