Sin motivo aparente te acercas lentamente a un precipicio, descubriendo al hacerlo que hay dos personas colgando de él. Ambas exhiben en sus manos una fuerza que desconocían poseer, luchando a duras penas por no caer, conscientes de que les queda poco tiempo. En ese momento sabes que es inminente, que a lo sumo les quedan un par de segundos. Si corres podrás llegar a salvar a una, pero la otra caerá irremediablemente al más profundo de los abismos, sin posibilidad alguna de salvación. Si no te mueves ambas perecerán.
Dos vidas pendiendo de un hilo, dos personas, A y B, y apenas un segundo para decidir.
Conocí una vez a alguien que en algún momento, sin que lo esperaras, te planteaba esa misma situación, con más detalle incluso de lo que he podido hacerlo yo ahora. Te lo explicaba tan bien que era imposible no verse ahí. Notabas incluso el frío del aire que nacía de la nada con el único fin de hacer temblar tus huesos.
Tan dentro de la historia era imposible no elegir.
La gracia, por llamarlo de alguna manera, era cuando llegaban las preguntas, que no necesariamente era a continuación del relato. En ocasiones le gustaba darte un tiempo para que la historia fuera calando en tu cabeza, para que fueras tú el que eligieras lo que valían las incógnitas. El caso es que nunca te preparabas de verdad, porque voluntariamente te resultaba imposible situar ahí a nadie a quien le tuvieras algo de cariño.
Entonces un día, por supuesto con tu guardia baja, te preguntaba si te acordabas del precipicio. Antes de que pudieras contestar ya te había dicho las tres cosas que faltaban: dos nombres y una pregunta: ¿a quién salvarías?
Podéis imaginar que A y B nunca eran elegidos al azar, y que no eran en absoluto personas que te hicieran fácil la elección:
papá o mamá, tu hermano o tu hermana, tal amigo o tal otro… los veías ahí, sin tiempo para reflexionar la respuesta, y corrías hacia uno de los dos. Corrías y se trataba de instinto, y lo tenías claro.
La mayoría de las veces lo más duro no era decidir, sino intentar entender el porqué después de hacerlo.
¿Era un juego cruel? Quizá sí, pero te hacía pensar, y nada que te haga pensar puede ser malo.
Pasajero – Precipicio
Si te caes te agarro.
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