Pones un vaso sobre la mesa, sacas el helado del congelador e intentas ponerte un poco con una cuchara de metal. Está muy duro, pero lo quieres ya, así que haces fuerza. Ejerces toda la presión de la que eres capaz, y el helado aún no cede. Sigues apretando hasta que consigues el cambio, o un cambio mejor dicho, pues no es el que esperabas: la cuchara se dobla.
El problema no es la cuchara, sino pretender usarla cuando aún no era el momento. No es algo suyo sino tuyo, por lo que no la culpas. Además, ¿qué sentido tendría enfadarse con una cuchara? Sería demasiado estúpido.
Vivimos en una fábula constante y no nos damos cuenta; nos perdemos los detalles, pasamos por alto las moralejas.
Comer helado nos enseña que da igual cuánto nos aprieten, que con la misma facilidad con la que lo hace una cuchara también podemos decir nosotros que no, sin que por ello tenga nadie motivos para enfadarse.
Tu vida es tuya y te doblas cuando quieres.
Anna Ternheim – I say no
I say no…
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