Mientras encuentres un motivo para leerme encontraré yo uno para escribir, porque es cierto que esto es algo que empiezo haciendo solo pero termina siempre contigo, que uno no comunica si no hay nadie al otro lado.
Escribo, y quizá la conexión no es en tiempo real, pero mientras lo hago puedo sentir que estás ahí, que inicio una conversación que mantenemos en diferido.
Siento aquello que sentía cuando de pequeño me sentaba ante un folio en blanco a escribir una carta, que yo elijo cuándo envío el mensaje pero cuándo llegará es un misterio, que ni siquiera tengo la certeza de que vaya a hacerlo.
Ahí reside la magia, en la sorpresa de cada respuesta, que aunque la esté esperando nunca la espero del todo.
Envío cartas, decenas de ellas, pero no escribo destinatarios en los sobres que las contienen, sino una frase, siempre la misma: A quien quiera leerme.
De algún modo te llega, una publicación de Facebook, un tweet, un mail… esos son los sobres que tenemos hoy en día.
Lo que me resulta más curioso no es el hecho de que aterrice el sobre a tu lado, sino que con la cantidad de cartas nuevas que te envían leas ese A quien quiera leerme y decidas que sí, que quieres.
Me fascina que decidas que tu siguiente clic o toque de pantalla se convertirá en un abrecartas, que los próximos datos que volarán hasta tu terminal serán mis letras.
A quien quiera leerme.
Me alucina estar aquí, que me leas, que te animes a conversar conmigo aunque sea en diferido.
Mientras encuentres un motivo para abrir el sobre encontraré yo uno para llenarlo.
Rosana con Abel Pintos – Carta urgente
Hay cosas que escribo contigo, hay cosas que sin ti no valen.
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