Vivías a destiempo, o era el tiempo el que lo hacía; supongo que por eso tenía sentido visitarte también al revés que el resto. Sin intención alguna de rendirle homenaje a Dawson’s Creek, fui a verte más veces por la ventana que por la puerta.
Uno abre la ventana para que entre el aire, para respirar, para sentirse un poco más libre.
Cuando abrías tu ventana yo volaba.
No era algo físico, o no era lo más importante: lo que me arrastraba hasta el exterior de tus cristales estaba dentro.
Hay veces que simplemente hablan las bocas; hay otras que lo hacen las mentes.
Nuestros labios se movían, es cierto, pero lo hacían como meros instrumentos.
Quemábamos madrugadas como si de atardeceres se tratara, viviendo de noche, soñando de día. Nos movíamos cuando dejaba de girar el mundo, siempre parados entorno a una ventana.
Quise besar a gente antes, pero el tuyo fue el primer beso que quise dar por los motivos correctos: quería dar un paso más con mis labios sin dejar de usarlos como meros instrumentos, besar tus ideas con mi alma.
Lo quería en silencio.
Ven aquí que te doy un beso, dijiste sin más una noche.
Te lo debió haber contado mi mente mientras yo no miraba, pero en aquel momento entré en pánico. En lugar de hacerte caso asumí que estabas de broma. Parecía entonces lo más fácil, aunque ya sabes: uno solo se arrepiente de los besos que no ha dado.
Resuenan todavía tus palabras en mi cabeza, ese Ven aquí que te doy un beso.
No fuiste el único que no di, pero sí eres del que más me arrepiento.
Desconozco dónde parará hoy tu ventana, pero juro que cuando la encuentre no volveré a quedarme al otro lado.
Negramaro – L’ultimo bacio
Sa di eterno tra noi.
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