I’m alive! I’m alive! I’m alive!
Aprendimos de pequeños a aprender por repetición, y dicen que quien tuvo retuvo.
Yo tuve. Yo retengo.
Somos costumbres.
Dicen también que una mentira repetida muchas veces termina convirtiéndose en verdad. Y es cierto.
¿Qué ocurre entonces si repetimos una verdad?
¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!
Claro que lo estoy. Aquí todos lo estamos, ¿no?
Pero el tema no es ese: no es estarlo sino sentirlo.
¿Nos sentimos vivos?
Voy en el coche pasando de una emisora a la siguiente sin encontrar nada que me haga levantar el dedo del botón que avanza la frecuencia. Otra. Otra. Otra. Otra. Un momento.
Llego a una canción a medias. La reconozco. Me gusta. ¿No odiáis cuando encontráis un algo y sentís que ya se acaba?
Cuando de pequeño estaba con mis hermanos en algún sitio y llegaba la hora de irse decíamos una frase, siempre la misma: justo ahora que empezábamos a pasárnoslo bien.
A lo mejor solo disfrutamos realmente de las cosas cuando sentimos que se acaban.
Pero el vaso está medio lleno: queda media canción, conozco el estribillo, que algún dios bendiga a esos temas de estribillos fáciles y sentimientos complejos.
Grito.
Grito porque uno solo en su coche es él mismo, porque es como si todo ese espacio fuera un extensión de la propia mente. Grito y se queda dentro. Lo exteriorizo internamente. No tiene sentido, pero es un sinsentido que me pone la piel de gallina, que me despierta, que me hace sentirlo.
Y se trata precisamente de eso, porque no es estarlo, sino sentirlo.
Estoy vivo.
Sia – Alive
I’m still breathing.
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