Al principio, cuando aún no existían estrellas ni lunas, cada vez que caía la noche se tornaba el cielo de un negro absoluto. La diferencia entre la fauna de entonces y la actual era abismal, pero si por aquello de abreviar tuviera que quedarme únicamente con una especie elegiría, sin duda, al reno luminoso.
Como su nombre indica era un reno, idéntico a los de ahora salvo por su piel, blanca y brillante. Era como una enorme bombilla en forma de reno; muy navideño todo, a pesar de no haberse inventado aún el concepto. Desconozco qué comía, cables supongo, pero fuera lo que fuera que me pongan dos platos: mataría por ser tan hermoso como lo era el reno luminoso.
Mataría como expresión, ya sabéis, aunque por desgracia en este mundo siempre ha habido gente literal hasta el extremo. ¿Os hacéis una idea de lo codiciada que era la piel de aquel animal?
Mucho antes de que lo hiciera Heidi ya saltaban los renos luminosos alegres por las montañas nevadas. Corrieron felices durante un tiempo, mas varias alfombras brillantes después descubrieron que aquella paz había llegado a su fin.
Se dedicaron a huir desde entonces, a intentar pasar desapercibidos, pero es imposible ocultarte mucho tiempo cuando brillas.
Vivían escondidos, sumidos en un miedo constante: a salir, a correr, a jugar… a vivir. La condena de ver como cada noche había algo menos de luz en su refugio terminó por apagar su sonrisa.
Cayeron uno a uno hasta que solo quedó él, el más joven, aunque con la edad suficiente para ser consciente de la inminente aniquilación de su especie.
Sintiendo próximo el fin, esperó a que la noche tiñera de negro el cielo y salió de su escondite. Corrió como lo había hecho junto a su familia al principio, cuando el mundo era tranquilo, cuando todos eran felices y la palabra libertad aún tenía un significado. Saltó pintando por momentos el manto negro que lo cubría todo, cada vez más alto, cada vez más brillante. Volvía a ser feliz, tanto que no escuchó cómo se amartillaba aquella escopeta.
Había llegado tan arriba que por un instante sintió que era capaz de volar, y en parte tenía razón, pues no llegó a bajar: la bala lo alcanzó en el punto álgido de su mejor salto.
Estalló su cuerpo en infinitos pedazos, diminutos, que salpicaron de inmediato el firmamento adornándolo como si de un lienzo se tratara.
Fue su fin, y fue triste, pero de algún modo fue de esos finales que no acaban nunca.
Las llamamos estrellas porque tripas de reno luminoso suena feo.
Lo de la Luna ya os lo cuento otro día.
Say Lou Lou – Skylights
We gotta keep on moving to stay strong.
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