Te detienes a un paso de la baldosa a la que apunta el sensor.
Respiras hondo.
Por un instante vuelves a tu niñez, a estar en mitad del escenario justo antes del inicio de la función, detrás de unas cortinas que no tardarán más de unos segundos en dejar de estar ahí. Te preguntas quién habrá venido, cuándo; si habrán llegado los primeros para no perderse detalle, si estarán sentados en la primera fila, en la segunda, más atrás; si a la derecha o a la izquierda… si se han olvidado de ti.
Piensas en lo que significa estar en casa, en qué implica en realidad esa palabra: casa.
Casa es el lugar en que uno vive, pero no es solo eso: casa es donde uno siente, donde se descansa de verdad, donde los abrazos son algo más que cuerpos que se aprietan.
Das ese último paso que alza el telón sin notar que estás temblando como aquel niño de diez años vestido de ángel perezoso.
Se apartan las puertas.
Das gracias por no tener que hablar esta vez, pues no serías capaz de recordar tus líneas mientras tus ojos buscan como locos entre la multitud.
Lleno absoluto, mas no hay espectador que busque tu rostro.
Casa no puede ser un lugar donde nadie te espera en el aeropuerto.
Ramon Mirabet – Home is where the heart is
It’s time for me to face my fate.
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