Quería que la primera entrada del año fuera algo especial, por aquello de empezarlo con buen pie, pero me di cuenta luego de que esa idea contradecía por completo mi última entrada de 2015, y es que nos dejamos llevar.
Quiero escribir ahora como si no hubiera pasado nada, porque no ha pasado nada, pero soy incapaz. Es un nuevo año, dice mi cerebro, ¡es la primera entrada del año! ¿Y qué? Es la entrada de un domingo más, la primera de otra semana cualquiera, salvo porque no es otra semana cualquiera.
Odio cuando sé que algo es estúpido pero se empeña mi cabeza en sentirlo igualmente, como el hambre de helado o el amor.
Intento imaginar que no es tres de enero sino de abril, pero soy consciente de la mentira y no funciona. Nochevieja es como la barra aquella que tenía Will Smith en Men in Black: un reset.
Es la primera entrada del año.
Arranco el motor y me alejo de ese agujero negro al que dieron a luz doce uvas. Siempre me habían parecido inofensivas las uvas. Conduzco con la ventanilla bajada pues ya no es serio esto del invierno. No uso el retrovisor: ahí atrás no hay nada. Nada.
Un autoestopista de pie sobre el arcén sostiene un trozo de cartón. Freno a su lado para leer que en su cartel está escrito lo mismo que en mi espejo: nada. Sube, te digo, voy en esa dirección. Y arranco de nuevo.
Te estaba esperando.
Manu Chao – El viento
Por la carretera, por la carretera…
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