Te busqué cuando el sol que entraba por la ventana me obligó a abrir los ojos, pero en lugar de dar contigo di con medio colchón frío. Se ha ido, pensé, a pesar de lo absurdo que resultaba que te hubieras marchado de tu propia casa. Admito que razonar nada más despertarme no es lo mío, pero no estabas y eso era un hecho.
No se me ocurre mejor plan para un domingo por la mañana que rodar sobre las sábanas cual rodillo que intenta dejar la masa todo lo fina que puede estar sin quebrarse, y ¿he dicho ya que no estabas? ¡Me desperté y no estabas!
Drama.
Quizá te habías cansado ya, ¡yo qué sé! Eran otros tiempos, tiempos en los que me lo cuestionaba todo, exactamente igual que ahora, aunque mirando siempre a través de un cristal oscuro. Menos mal que uno crece.
Se me ocurrían infinidad de motivos, mil, para tu ausencia a mi lado, obviamente todos malos. Y no veía cómo podía aplanar yo solo aquellas sábanas.
Cuando iba por el motivo mil uno te olí, pocas veces me ha marcado tanto el olor de alguien, y aparte de tu olor capté otro. Tú también habías decidido ser rodillo, pero en lugar de estirar algo tan inútil como un trozo de tela optaste por trabajar hojaldre.
Entraste en tu habitación llena de luz con cruasanes recién hechos, fruta cortada y esos labios curvados por donde empecé el desayuno.
Buenos días.
Funambulista – Tiemblo
Me contó media vida desnuda escuchando algún disco de Frank.
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