Igual que hay niños egoístas que se enfadan cuando otros cogen sus juguetes los hay generosos, y yo era de esos: yo era un niño de los que dan, y lo daba todo, aunque tuviera poco, sin miedo alguno a que se me pudiera acabar. Donde otros disfrutaban teniendo yo disfrutaba dando, compartiendo. Qué bonito, ¿eh?
Lo que no es tan bonito es que escriba en pasado: era, daba, disfrutaba. No lo hago porque ya no sea ese niño, sino porque a veces miro hacia atrás y no tengo claro qué ha sido de él.
Es curioso que en muchas historias todo empiece bien y se tuerza. La gente pierde la esperanza, la fe o la ilusión, deja de soñar, permite que se le enfríe el corazón. Llega siempre un punto en el que uno cruza la línea y pasa al lado oscuro. No pasamos nunca del lado oscuro hacia la luz, y cuando lo hacemos ya es tarde, pues cuentan que todo aquel que va hacia la luz muere. ¡No vayas hacia la luz!, dicen.
Me faltan relatos que empiecen mal y se arreglen.
Hubo una vez un niño que era más feliz cuanto menos tenía en sus manos, uno al que lo que realmente le llenaba era ver cómo los demás disfrutaban de su generosidad. Hasta que le pasó la vida.
Hay personas que solo reciben, que no tienen flechas que salgan de ellos sino flechas que llegan de otros; consumidores puros. Son esas personas las que desgastan las luces, las que arrastran a las que brillan al lado oscuro.
El mundo es un lugar hostil donde no se puede llegar lejos siendo bueno. Es cuando se aprende eso cuando uno se da cuenta de que no se puede ir por la vida dando sin más, que no se puede disfrutar de compartir sin preocuparse de con quién se hace. Salvo por el hecho de que ese planteamiento probablemente sea estúpido.
Nos volvemos de piedra y siempre es culpa de los demás, pero cuando la culpa de un problema siempre es de otros es porque la culpa en verdad es nuestra.
Nos volvemos de piedra porque queremos.
Llevo una semana horrible, un mes horrible, y a las fechas en las que estamos podría decir también que un año horrible. Dan igual los motivos, no he venido aquí a llorar.
El tema es que hoy, a punto de tocar fondo, he cerrado los ojos y he visto a ese niño. Miraba fijamente a mis ojos cerrados. Lo único que yo necesitaba era un abrazo, una palabra de alivio, algo; una flecha que apuntara a mí. El niño me ha entregado en mano un puñado de astas afiladas y de algún modo me ha obligado a abrir los ojos.
Me las he clavado una a una, todas apuntando hacia fuera. He salido de las sombras, he visto la luz y he caminado hacia ella.
Mienten: os juro que hacía tiempo que no me sentía tan vivo.
Gabrielle Aplin – Light up the dark
I wanna be the one to light up the dark in you.
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