– ¡Hombre! ¿Qué tal?
Me pillas desprevenido, si bien es cierto que a mí es difícil cogerme prevenido: soy de esa clase de personas que vive sumida en su mundo.
Lo cierto es que al principio ni siquiera entiendo tus palabras: te miro porque oigo una voz, muy fuerte, con pinta de estar cerca, tanto que probablemente esté diciéndome algo.
Levanto la mirada, pues mi mundo suele quedarme debajo, y te veo. Tu pelo está desordenado, como todas las (definitivamente no suficientes) veces que te veo. El caso es que yo soy muy poco del orden, ¿sabes?, que a mí con saber dónde tengo las cosas ya me vale, y tu pelo tengo claro dónde está, y es perfecto.
Voy dándole vueltas a qué has podido decir, ya que le hago a las conversaciones lo que las vacas a la hierba, y mientras mastico por segunda vez tus palabras apartas con una mano el pelo de tu cara. Tu cara. Qué te voy a contar que no te hayan dicho ya.
Ahí sí que está todo ordenado, todo en su sitio: esos ojos que le bajan la frecuencia a mis latidos, esos labios donde cada vez que cae mi mirada rebota de vuelta hasta esos ojos que le bajan la frecuencia a mis latidos. Tu cara. Ojos, labios y todo lo demás. Un conjunto que a pesar de no creer en eternidades podría mirar eternamente.
Y vuelve a caer tu pelo.

Adoro tu pelo, en serio, pero en la lista donde tengo ordenadas las cosas que más me gustan de ti, lo cual es algo perfectamente normal y no me convierte en un pirado, queda por debajo de esos elementos que decoran esa cara que podría contemplar durante horas, ya sabes, los ojos, los labios y todo lo demás. Es como esas veces en las que vas a la montaña y está llena de árboles, y te encantan los árboles, pero es que no te dejan ver qué hay más allá (aunque sean probablemente más árboles) y eso te da un poco de rabia, sobre todo cuando sabes que hay algo más bonito aún, como un lago, una piedra o cualquiera de esas cosas que son más bonitas que un árbol.
Con tu pelo me pasa lo mismo, que me gusta pero me da rabia.
En esas termino de rumiar tus palabras, sé lo que has dicho y te estoy mirando, pero a pesar de haber luchado contra ello he vuelto a caer en mi mundo. No me encierro en mi mundo en plan autista, soy capaz de mantener conversaciones y todo eso, pero estoy en mitad de la montaña y me llegan las voces de fuera como ecos lejanos.
Tu ¡Hombre! ¿Qué tal? es un eco.
Sé que tengo que contestar, y lo hago, pero lo hago desde esa rabia que me dan los árboles que no me dejan ver lo que hay detrás, sin pensar. En ese momento para mi cerebro todo tiene sentido.
– Deberías raparte la cabeza.
Magic! – Let your hair down
You are elegance and freedom and everything I know.
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