Año nuevo, vida nueva; aunque hemos pasado ya suficientes inviernos como para saber que no es verdad, que vida sólo hay una, que cambia y es siempre diferente, pero sigue siendo la que era.
Año nuevo, más de lo mismo.
Los propósitos de año nuevo son otro melón, y no estamos en temporada, así que te puedes hacer una idea. Si no has sido capaz de hacer lo que sea que te estás planteando hasta ahora, no esperes que la misteriosa magia del uno de enero te ayude a conseguir tus sueños. Se llama cuesta de enero por algo, y uno no se espera a que la cosa se ponga complicada para empezar a hacer cambios importantes. Salvo que uno quiera fracasar, claro.
Dicen que el 75% de los propósitos se dan por perdidos ya en febrero, y que sólo el 10% salen adelante en el cómputo global del año. No seas esa persona que tira la toalla: no te propongas nada. La forma más fácil de no perder es no jugar.
Si por lo que sea estás pensando apuntarte al gimnasio, no lo hagas. Por ti. Por todos.
Si no has ido nunca a un gimnasio, enero no es el mes. Está todo hasta arriba y es un caos. Gente por todos lados que no sabe lo que hace, y sí, todos empezamos alguna vez, pero no hace falta que empecemos todos a la vez. Imagínate que las autoescuelas sacaran a las calles a todos los alumnos que van a hacer su primera clase práctica ese año. El mismo día. A la misma hora. ¿Cogerías el coche?
Nadie va a un gimnasio en enero, ve el ambiente, y piensa que qué bien, qué ganas de volver.
Los que tenemos ya el cuerpo hecho a ir aguantamos porque sabemos eso del 75% y el 90% y todos esos porcentajes inventados; y porque está ya el hábito hecho, claro, pero es un hábito que no forjamos en enero.
Enero es para llorar y lamentarse, que el día más triste del año no lo han puesto ahí por poner.
Yo me voy a proponer escribir más en el blog. El año pasado publiqué una entrada, así que ya casi. Objetivos pequeños y asumibles.
Feliz año.
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