De no tener un plan

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Se espera de uno que sepa lo que está haciendo, que tenga un plan. No puedes vivir sin uno parece ser, o no vives como toca, que nos gusta mucho eso de decirle a la gente cómo le toca vivir su vida, y cómo vas a no tener un plan. ¿Hacia dónde vas entonces?

Quizá no lo sé, y quizá tampoco necesito saberlo, porque sin un plan he llegado hasta donde estoy, que no es mal sitio, oye. Ideas tengo, muchas, demasiadas probablemente. Una idea no es un plan, cierto, pero es cierto también que una idea equivocada hace menos daño que un plan trazado de manera incorrecta. Imagínate seguir un plan durante años para acabar dándote cuenta de que a partir del cuadringentésimo paso está todo mal. Ponte ahora a empezar desde cero, y ojo que no puedes echar a caminar inmediatamente: primero necesitas otro plan.

Mi plan, de tener alguno, es no tenerlo. Es ir apuntando ideas en una lista que existe únicamente en mi cabeza, por aquello de no dejar pruebas, e ir eligiendo cada día hacia donde ando considerando si ese camino me acerca o no a alguna de esas ideas, por poco que sea. Es todo lo que me permito planear.

Al final todo llega. Todo lo que tiene que llegar al menos.
No vas a conseguir todo lo que te propongas, y eso está bien.
No hay que tomárselo todo tan en serio, que nos vamos a morir igual, y viendo cómo está el mundo menos mal.

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